Sánchez y Kast 2022: el camino al infierno está lleno de buenas intenciones

Hace unos días conocimos los resultados de la Encuesta Criteria Research, la cual posiciona a la líder del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, con un 12% de las preferencias en la carrera presidencial, seguida por José Antonio Kast (Acción Republicana) con un 10% y Joaquín Lavín (UDI) con un 8%. Mucho más atrás encontramos a figuras de la ex-Nueva Mayoría/ex-Concertación como Marco Enríquez-Ominami (País Progresista), Michelle Bachelet (PS) y Daniel Jadue (PC) con solo un 3% de las menciones. Los resultados de este estudio coinciden con lo proyectado en enero pasado por CADEM, en cuya encuesta las tres primeras preferencias presidenciales ya mencionadas se presentan con porcentajes muy parecidos, lo que habla del desarrollo de un posicionamiento incipiente por parte de estos hipotéticos candidatos.

En este prematuro escenario de candidaturas presidenciales, es posible observar que el posicionamiento de Sánchez y Kast en las encuestas de opinión pública responde a una suerte de fenómeno de “complementariedad antagónica” entre ambos candidatos, ya que aun cuando sus convicciones ideológicas evidentemente se encuentran en las antípodas, la incompatibilidad de sus visiones de mundo les ha reportado réditos de popularidad compartidos que se disparan en la percepción ciudadana, en la medida que estos reaccionan ante los temas de contingencia, tales como el aborto, las AFP o la educación pública. El resultado de esta disputa no es más que una creciente polarización del espectro político, donde -al parecer- cada vez hay menos lugar para las aventuras presidenciales del oficialismo y de la ex-Nueva Mayoría.

De esta forma, no es para nada extraño que José Antonio Kast –un exdiputado con baja asistencia y escasa iniciativa legislativa en la Cámara de Diputados (período 2014-2018), pero con opiniones reaccionarias y extremas- haya irrumpido en la escena nacional, justamente en el mismo espacio temporal en que el Frente Amplio lograra consolidar su posición, es decir, en el año 2017.

En este orden de cosas, la “complementariedad antagónica” antes mencionada se va tejiendo desde una serie de ángulos. Por un lado, Kast se beneficia del caos e indefiniciones que afectan al Frente Amplio, en especial cuando este último busca mostrarse como una alternativa viable y coherente para llegar al poder mediante una propuesta en la que destacan mayormente las iniciativas impulsadas por un progresismo destemplado, poco pragmático y que rechaza el ethos que ha caracterizado a la centroizquierda desde el retorno a la democracia. Asimismo, los enfrentamientos mediáticos de Kast con los líderes del Frente Amplio, usando estos últimos argumentos muchas veces mal planteados o derechamente “panfletarios”, han contribuido a levantar aún más la figura de Kast (¡pobre Gonzalo Winter!).

La embestida del conservadurismo de Kast, entonces, no se debe tanto al vigor y la pertinencia con que sus seguidores implementan sus postulados, sino que irónicamente a la incertidumbre que emana de la volatilidad del progresismo voluntarista, alimentando así un “imaginario de la inestabilidad” que aterra a cierta parte de la población con la amenaza de que su vida cotidiana se vea sometida a vaivenes y transformaciones culturales que atentan contra sus valores y creencias más íntimas. Paradójicamente, y en un sentido inverso, el Frente Amplio también logra réditos populistas -en especial entre su público millennial-, al aprovechar el impacto de esta reacción conservadora y su positiva recepción entre aquella porción de la ciudadanía menos reflexiva, capitalizando con efecto inmediato las particulares diatribas de Kast contra aquellos valores que el progresismo pretende imponer como “de sentido común” en su horizonte político.

Sin embargo, no todo es ganancia para el Frente Amplio y su candidata, ya que no solo las luchas internas y la descordinación de su dirigencia caracterizaron su presencia mediática durante el año recién pasado, sino que además una dinámica regular de tropiezos comunicacionales e improvisaciones políticas que -muy acorde al estilo de liderazgo libre y horizontal de Sánchez, por lo demás- dejan al descubierto una ausencia de consenso en temas fundamentales, como lo sucedido con los diputados Boric y Orsini en su “viaje de trabajo” a Europa y su polémica visita al ejecutor del asesinato de Jaime Guzmán, Ricardo Palma Salamanca. Tal bochorno no es más que una muestra sintomática de la falta de madurez en la comunicación estratégica del conglomerado, que deriva inevitablemente en una lastimosa sobrestimación de la capacidad de las cúpulas del Frente Amplio para manejarse a sí mismos ante una situación de crisis política absolutamente previsible.

Adicionalmente, el posicionamiento del Frente Amplio a partir de Sánchez no puede representar una fuente de entusiasmo muy prolongada, en cuanto no existen certezas respecto de la fidelidad de sus simpatizantes. Un ejemplo de esto es el desastre electoral que dejó la pasada elección de la presidencia de Revolución Democrática (RD), cuando de un padrón de 42 mil militantes, solo se manifestaron poco más de tres mil en las urnas. Recordemos que actualmente 9 de los 19 diputados del Frente Amplio pertenecen a RD, así como su único representante en el Senado. Esto genera al menos ruido ante el súbito desencanto o apatía de su propia militancia, haciendo que por extensión nos preguntemos también por la escasa ciudadanía simpatizante del conglomerado que efectivamente vota en las elecciones presidenciales. ¿Qué podemos esperar, entonces, para el resto de los partidos y agrupaciones que cimentan la carrera presidencial de Sánchez? ¿Qué tipo de gobernabilidad es posible ofrecer en tal clima de incertidumbre?

A todo lo anterior, y para añadir complejidad a este escenario de pandemonium, se debe sumar el rechazo que han expresado los líderes del Frente Amplio a generar acuerdos programáticos con los partidos de la ex-Nueva Mayoría, de cara a las futuras elecciones presidenciales, partidos que lograron un no despreciable 45,4% de las preferencias en la última presidencial, ¡a no olvidarlo! Ante este panorama de fisuras políticas y atrincheramiento ideológico de parte del Frente Amplio, sus opciones de llegar a La Moneda parecen nulas o al menos improbables, más aún considerando que su intransigencia se constituye en una suerte de tragedia para toda la centroizquierda, la cual aún no logra salir del coma de su última derrota en las urnas, teniendo en cuenta el complejo trabajo que deberá desplegarse para las próximas elecciones municipales y presidenciales. De esta forma, se hace urgente la rearticulación de una fuerza propositiva que, desde una postura más moderada, racional y pragmática, haga frente a las posturas que, desde los extremos del espectro político, actúan con la convicción aparente de que el agotamiento de la ex-Nueva Mayoría es terminal e irreversible.

Así las cosas, corremos un riesgo real y concreto de que al dejarnos convencer por los buenos deseos y la aparente corrección que hay detrás de aquella “ética de la convicción” -siguiendo la concepción weberiana- que ha impulsado durante estos años el actuar del Frente Amplio, sumado al estado de apatía y abandono en que se encuentra la centroizquierda actualmente, podamos pavimentar sin querer el camino de la ultraderecha al poder, encabezada por la figura de Kast.